Once minutos. Eso es lo que duró el viaje espacial de Katy Perry. Menos que un intermedio de concierto. Suficiente, sin embargo, para inaugurar una nueva era: la del influencer interestelar, el de posturear desde la estratosfera y que el resto aplaudamos desde el sofá.
Bienvenidos a la era del turismo espacial... con community manager
Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos, ha vuelto a colocar a una celebridad en la frontera del espacio. Esta vez, no para hacer ciencia ni batir récords, sino para subir stories a 100 km de altura. Y ojo, porque eso no es una exageración: el propio viaje fue compartido como parte de una campaña, con vídeo oficial, fotos cuidadosamente editadas y una narrativa más cercana al videoclip que a la exploración espacial.
La noticia llega en un momento donde el turismo espacial empieza a ser más espectáculo que innovación. Mientras SpaceX juega a los cohetes con la NASA, Blue Origin convierte su cápsula en un camarote VIP. Lo que antes era un sueño reservado a astronautas con décadas de preparación, ahora se vende como experiencia de marca.
Influencers en órbita: la nueva carrera espacial
Si hace medio siglo la carrera espacial fue entre potencias, hoy es entre multinacionales y celebridades. El objetivo ya no es la Luna, sino la viralidad. Cada vuelo tripulado por famosos se convierte en una estrategia publicitaria para legitimar un negocio que, por ahora, solo está al alcance de los millonarios (y sus agencias de marketing).
Y no es la primera vez que la tecnología se convierte en juguete elitista. Lo hemos visto en los móviles plegables, los NFT y las gafas de realidad mixta. De hecho, artículos como este sobre las Ray-Ban Meta ya apuntaban cómo la frontera entre utilidad y espectáculo empieza a desdibujarse.
En este contexto, el caso Katy Perry no es una anécdota, sino un síntoma de hacia dónde va la narrativa tecnológica: menos ciencia, más espectáculo. Menos innovación para todos, más “yo estuve allí (y tú no puedes)”.
¿Y la tecnología detrás? Brilla por su ausencia
Lo irónico es que nadie habla del cohete, ni del sistema de seguridad, ni de las mejoras técnicas. Lo que importa es la celebridad dentro de la cápsula, no la cápsula en sí. El avance tecnológico queda reducido a atrezzo de lujo, como ya analizamos en este artículo sobre la banalización de la IA en las redes.
Ese es el riesgo real: que normalicemos el uso del espacio como escenario para marketing aspiracional, sin preguntarnos qué aporta eso a la humanidad. Ni siquiera a la tecnología.
Lo que nadie te cuenta sobre esto
En realidad, el viaje de Katy Perry al espacio no fue por ciencia, ni siquiera por diversión. Fue una forma muy cara de gritar: “Mírame, sigo siendo relevante”. Y mientras los medios caen en la trampa de amplificarlo, los que soñamos con un futuro tecnológico más democrático vemos cómo la conquista del espacio se convierte en un desfile de egos flotantes.
¿A ti también te parece que esto se nos ha ido de las manos?

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