“Yo no quiero saber nada de las inteligencias artificiales”, me dijo mi padre por teléfono con ese tono seco que solo se reserva a lo irremediable. Y mientras lo escuchaba, pensaba en dos cosas: una, que probablemente ya convive con varias sin darse cuenta. Y dos, que nosotros, sus hijos, no tenemos ese lujo de elección. O aprendemos a usarlas, o nos comen por los tobillos.
Interacción invisible: cuando la IA entra sin llamar
¿Mi padre odia la IA? Vale. Pero que se lo diga al algoritmo que le recomienda vídeos en YouTube, a Siri cuando le dicta un mensaje, o al sistema que detecta fraudes en su banco sin que él lo sepa. Ni hablemos de las cámaras de tráfico, el escáner del aeropuerto o el análisis que hace Google Maps cada vez que quiere evitar un atasco.
Las inteligencias artificiales ya están tan incrustadas en la infraestructura de nuestra vida diaria que, paradójicamente, quienes más las rechazan son a menudo quienes más las usan sin saberlo. Es como odiar la electricidad pero seguir encendiendo la luz.
Y no, no es ciencia ficción: en este artículo sobre ChatGPT y la soledad se analiza cómo la gente ya confía emocionalmente en modelos de IA sin cuestionarlo demasiadoblog-contenidos.
La generación de la obligación: o la usas o desapareces
Los que nacimos antes de Google estamos en un punto intermedio incómodo. Vimos cómo la tecnología se convirtió en aliada, pero ahora sentimos cómo empieza a empujarnos hacia una dependencia camuflada. El que no se sube al tren de la IA, se queda sin herramientas. Sin productividad. Sin competitividad.
Lo comenté en su día en “La IA no va a quitarte el trabajo, pero alguien que la use, sí”: no es que la máquina te sustituya directamente, es que otra persona, con IA, puede hacer tu trabajo en la mitad de tiempo y cobrando menosblog-contenidos.
Y mientras nuestros mayores pueden permitirse renegar de todo esto con una frase lapidaria, nosotros vamos por la vida actualizando plugins, aprendiendo prompts y firmando cláusulas de privacidad que no entendemos.
Lo que nadie te cuenta sobre esto
La brecha digital ya no es una cuestión de acceso a dispositivos. Es una brecha de comprensión, de agencia. Mi padre puede odiar la IA desde una cómoda ignorancia. Pero nosotros, los de en medio, tenemos que abrazarla para no extinguirnos laboralmente. No nos lo han pedido. Nos lo han impuesto. Con una sonrisa en forma de asistente virtual.
¿Y tú? ¿Aún crees que no usas IA?

0 Comentarios