SpaceX tiene una relación tóxica con el fracaso. Lo abraza, lo analiza, lo publica en HD… y luego lanza otro cohete igual al anterior con la esperanza de que esta vez funcione. Tras dos explosiones consecutivas, la empresa de Elon Musk vuelve a intentarlo con el Vuelo 9 de Starship, su juguete orbital más ambicioso (y más terco).
¿Qué hay de nuevo en esta edición del cohete kamikaze?
El lunes pasado, SpaceX encendió seis motores Raptor durante 60 segundos en su base de pruebas en Texas. Lo llaman static fire, pero tiene más pinta de control de daños preventivo. Esta vez, el protagonista es el Ship 35, con sus flamantes motores y un historial de abortos técnicos en pruebas previas.
Y, por si fuera poco, el cohete lleva el mismo diseño problemático que causó el fracaso de los dos últimos lanzamientos: el infame Block 2, con su sistema de alimentación rediseñado y una afinación estructural que, al parecer, vibra como un bajo mal ecualizado.
La epopeya del Vuelo 9: lo que está en juego
Si el Vuelo 9 logra sobrevivir más de ocho minutos (el punto de quiebre fatal en los dos vuelos anteriores), será un pequeño milagro de ingeniería. Pero SpaceX no se conforma con evitar la explosión. Los objetivos son ambiciosos:
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Reutilizar el booster Super Heavy, el primero que se intenta recuperar por segunda vez.
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Capturarlo en el aire con brazos mecánicos cual escena de Transformers.
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Demostrar el despliegue de satélites Starlink de carga ficticia.
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Poner a prueba el nuevo escudo térmico, porque nada dice “confío en mi cohete” como dejarlo freírse a 2.600 °F en reentrada.
Todo esto con un sistema que ha demostrado, hasta ahora, una propensión preocupante a desintegrarse en pleno vuelo.
Houston, tenemos un patrón de fallos
Las misiones anteriores (Flight 7 y Flight 8) fracasaron por los mismos motivos: apagones prematuros de los motores, pérdida de control y ruptura de la nave. Según SpaceX, las causas fueron:
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Fugas de propelente por vibraciones resonantes.
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Incendios en la parte trasera (el famoso “attic”).
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Errores de diseño en el sistema de alimentación del Block 2.
Y aunque se hicieron “ajustes” para Flight 8 (como cambiar temperaturas y reducir el throttle), todo acabó otra vez en una bonita lluvia de chatarra sobre el Caribe.
El futuro: reabastecimiento en órbita o ciencia ficción cara
Más allá de intentar no explotar, Flight 9 es clave para el plan maestro: usar Starship como nave cisterna espacial. Porque para que la versión lunar (contratada por la NASA por más de 4.000 millones de dólares) llegue al satélite, tendrán que lanzarse hasta 10 Starships cargadas de combustible solo para rellenar el tanque.
Y eso sin contar el otro delirio de Musk: mandar humanos a Marte con paradas técnicas en órbita estilo pit stop de Fórmula 1. Todo esto, claro, requiere que Starship aguante al menos un vuelo sin reventar.
Lo que nadie te cuenta sobre esto
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Flight 9 aún no tiene licencia oficial de la FAA. Estamos a días del supuesto lanzamiento y el papeleo sigue en modo pending.
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Los motores siguen fallando en pruebas estáticas, aunque SpaceX disimula bien en redes sociales.
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No hay resultados oficiales de la investigación del Flight 8, y eso no impide que el siguiente intento esté en marcha.
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El cohete que vuela es el mismo diseño que ya falló dos veces, pero esta vez “con suerte”.
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La “reutilización” del booster es más marketing que realidad, porque requiere toneladas de reparaciones tras cada intento.
Conclusión clara (y en lenguaje Falcon-9):
SpaceX tiene los recursos, el hype y el respaldo de la NASA. Pero con Starship, está intentando construir un Boeing 747 mientras lo lanza desde una catapulta. Si Flight 9 fracasa otra vez, no será el fin… pero sí otro recordatorio de que la revolución espacial no viene sin explosiones, ni sin cuentas pendientes con la física.

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