La fiebre por la IA dispara la inversión… y el miedo a quedarse sin trabajo

La escalada de la inteligencia artificial se ha consolidado como el mayor revulsivo tecnológico desde la expansión de internet, atrayendo inversiones millonarias y alimentando la euforia bursátil. Pero, mientras grandes empresas y responsables económicos destacan su potencial para impulsar el crecimiento, en paralelo crecen las dudas sobre qué ocurrirá con millones de empleos, la energía que consume esta tecnología y el impacto en sectores tan sensibles como los creativos.

Una ola de dinero que mueve la economía

En la conferencia Reuters NEXT, celebrada en Nueva York, ejecutivos y expertos evitaron hablar de una burbuja en torno a la inteligencia artificial. En su lugar, se centraron en cómo esta tecnología está reconfigurando el trabajo y el crecimiento económico a escala global. Según los datos que se compartieron, la IA se ha convertido en la mayor sacudida tecnológica para la economía mundial desde el auge de internet hace un cuarto de siglo.

Las cifras ayudan a entender el entusiasmo: en la primera mitad de 2025, el gasto de capital vinculado a IA aportó más al crecimiento del PIB que el propio consumo privado, según estimaciones de una gran gestora de activos. Además, un análisis reciente atribuye aproximadamente un tercio del aumento de la capitalización bursátil global desde la aparición de asistentes como ChatGPT a solo 28 compañías relacionadas con esta tecnología. La IA, en otras palabras, ya no es una promesa futura, sino un motor muy real del ciclo económico actual.

Este empuje viene acompañado de tensiones: escasez de chips de memoria, presión regulatoria creciente y un clima de ansiedad sobre el empleo que ya se deja sentir en plantillas de todos los sectores.

Plantillas bajo presión: menos contrataciones y recortes

Mientras las valoraciones y la inversión se disparan, muchos directivos están viendo en la IA una vía directa para recortar costes laborales. May Habib, consejera delegada de la startup de IA Writer, describió un cambio de tono muy claro entre sus clientes: en cuanto se cierra un proyecto, la conversación pasa rápidamente a cuánta gente se puede reducir gracias a las nuevas herramientas. Según su propio testimonio, no es raro que algún ejecutivo pregunte, casi de inmediato, “qué rápido puedo recortar un 30% de mi equipo”.

El mensaje se repite en grandes corporaciones. El consejero delegado de SAP, Christian Klein, explicó que la principal preocupación de los empleados en un reciente encuentro interno fue cómo afectará la IA a sus puestos. La compañía está desplegando capacidades de IA en múltiples áreas, incluyendo departamentos tradicionalmente considerados “seguros” frente a la automatización, como el equipo legal. La idea de que ni siquiera estos perfiles están a salvo refuerza la sensación de inestabilidad laboral.

No se trata solo de percepciones. Un informe de la Reserva Federal estadounidense recoge datos y encuestas que apuntan a que la IA ya está sustituyendo puestos de entrada y llevando a muchas empresas a recortar planes de contratación. A ello se suma una encuesta realizada en agosto que reveló que el 71% de la población teme que la inteligencia artificial deje “a demasiada gente sin trabajo de forma permanente”.

¿Aliada del trabajador o reemplazo silencioso?

Frente a este clima de inquietud, algunas voces reclaman un enfoque más optimista. El economista Joseph Lavorgna, asesor del Tesoro estadounidense, defendió que la IA debe verse como una herramienta que complementa al trabajador, no como un sustituto automático. A su juicio, las políticas públicas deberían centrarse en incentivar la inversión empresarial en IA precisamente como palanca de productividad y crecimiento, y no solo en el riesgo de destrucción de empleo.

Sin embargo, los datos actuales del mercado laboral complican ese discurso. Los recién graduados universitarios de entre 20 y 24 años afrontan una tasa de paro del 9,5%, más del doble del 4,4% que registra el conjunto del país. Es una brecha que alimenta la sensación de que la nueva ola tecnológica está entrando con especial dureza entre quienes intentan incorporarse por primera vez al mercado de trabajo.

Para Joe Depa, responsable de innovación en EY, la comparación con otras revoluciones tecnológicas tiene trampa: el cambio actual se parece al que supuso internet, pero es mucho más rápido. De ahí su sentencia de que “la adaptabilidad es la nueva seguridad laboral”, con una preocupación especial por los puestos de mandos intermedios, más expuestos a ser rediseñados o absorbidos por nuevas herramientas de IA.

En empresas como Moderna, la respuesta ha sido reorganizar por completo la forma de planificar plantilla y tecnología. Tracey Franklin, responsable de personas y tecnología digital, explicaba cómo ahora se evalúa de manera conjunta el portafolio de TI y la estrategia de capital humano, buscando alinear necesidades de negocio, capacidades tecnológicas y perfiles profesionales en una sola conversación.

Energía, datos y el coste oculto de la IA

La otra gran preocupación no está en los despachos de recursos humanos, sino en la factura energética. Según la misma encuesta de opinión, el 61% de los encuestados dice estar preocupado por el aumento del consumo eléctrico asociado a los centros de datos necesarios para alimentar la IA.

Jeff Schultz, directivo de Cisco, recordó que la infraestructura para ejecutar modelos de IA y los chips que utilizan ya consumen enormes cantidades de energía. Y subrayó que el tráfico de red que exige la llamada agentic AI, con sistemas que operan de forma más autónoma y continua, es mucho más intenso y estable que el uso esporádico que generan los chatbots actuales. Ese salto en demanda se traduce en redes más cargadas y en centros de datos que trabajan casi sin respiro.

El impacto no es solo técnico: en estados como Virginia o Pensilvania ya se percibe un rechazo creciente hacia los macrocentros de datos, acusados de contribuir a la subida de las facturas eléctricas. Llama la atención que parte de ese malestar emerja incluso entre seguidores de Donald Trump, que ha defendido públicamente el desarrollo de la IA mientras explora fórmulas para limitar la capacidad de los estados a la hora de regular estos proyectos.

Aun así, Schultz defendió que las gigantescas inversiones que se están volcando en la IA tienen sentido a la vista de la oportunidad económica que representan, insistiendo en que el debate no debería centrarse únicamente en el riesgo de una burbuja.

La creatividad se planta ante los algoritmos

Más allá de las fábricas de datos, la inquietud también cala en la industria creativa. Varios ponentes del mundo de los medios y del entretenimiento expresaron su temor a que los contenidos generados por IA acaben reemplazando el trabajo de guionistas, actores o músicos. La ejecutiva de medios Shari Redstone reclamó políticas agresivas para proteger el talento creativo y evitar que los artistas sean desplazados por modelos generativos.

La actriz Sarah Jessica Parker puso el acento en algo más intangible: la experiencia humana en directo. Recordó que el público sigue valorando la espontaneidad, la imprevisibilidad y esa “chispa” que surge en una actuación. Aunque reconoció que la tecnología permite retocar y embellecer casi cualquier imagen en pantalla, dudó de que la IA pueda replicar ese “nervio vivo” que hace memorables las interpretaciones que más conectan con la audiencia.

El choque entre la eficiencia algorítmica y la sensibilidad humana resume bien el dilema de fondo: cómo aprovechar el potencial de la IA sin diluir aquello que la sociedad considera valioso en el trabajo, ya sea un contrato indefinido, un equipo estable o una voz creativa propia.

En última instancia, el mensaje que deja este debate es claro: la inteligencia artificial ya está redefiniendo la economía, el empleo y hasta la cultura. La cuestión no es si llegará a todos los sectores, sino en qué condiciones y con qué reparto entre beneficios y costes. Las decisiones que se tomen hoy en regulación, inversión y gestión del talento marcarán si la IA se convierte en una aliada del trabajador o en el acelerador de una nueva ola de sustitución masiva de empleos.

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