Reiniciar el PC es el paracetamol de la informática doméstica. Funciona para síntomas menores, da una sensación de control y es lo primero que todo el mundo recomienda. El problema es que cuando el equipo va lento de forma consistente, el reinicio no resuelve nada porque el problema no está en procesos temporales sino en cómo está configurado Windows por defecto.
Microsoft configura Windows 11 pensando en el usuario medio con un portátil de gama media que necesita duración de batería. Si no eres ese usuario, o si tu equipo es un sobremesa, esa configuración te está robando rendimiento en silencio. Tres ajustes corrigen la mayor parte del problema.
Ajuste 1: apps de inicio que nadie ha revisado nunca
Cada app que se instala en Windows tiene la opción de añadirse a la lista de inicio, y muchas lo hacen sin pedirte permiso explícito. El resultado es que cuando enciendes el PC, una docena de programas compiten simultáneamente por CPU, RAM y disco antes de que hayas abierto nada tú. El arranque se ralentiza, y el sistema tarda varios minutos en estabilizarse incluso después de que aparezca el escritorio.
Para ver qué está pasando, abre el Administrador de Tareas con Ctrl + Shift + Esc y ve a la pestaña Aplicaciones de inicio. Verás una columna llamada Impacto en el inicio que clasifica cada app como Alto, Medio o Bajo. Ordena por esa columna y empieza por desactivar todo lo que tenga impacto alto y no uses activamente desde el primer momento del día.
Los candidatos habituales a desactivar son clientes de almacenamiento en la nube como OneDrive si no lo usas constantemente, launchers de juegos como Steam, Epic o GOG que puedes abrir cuando los necesites, apps de comunicación como Teams o Slack si no los usas en el momento de encender, y utilidades de fabricante que raramente aportan valor real como los asistentes de actualización de drivers de Asus, HP o Dell.
Lo que no debes desactivar son el antivirus, los servicios de audio y los drivers de periféricos críticos. Si tienes duda sobre una entrada específica, busca el nombre del proceso en internet antes de desactivarlo.
Ajuste 2: el modo de energía que Windows elige por ti sin consultarte
Windows 11 viene con el modo de energía configurado en Equilibrado por defecto. Ese modo ajusta dinámicamente la velocidad del procesador según la carga detectada, lo que en práctica significa que el CPU arranca a velocidades reducidas y escala gradualmente cuando el sistema detecta que la demanda aumenta. En tareas ligeras el efecto es invisible. En el momento en que abres varias apps simultáneamente, lanzas una videollamada o ejecutas algo más exigente, ese escalado introduce una latencia perceptible que hace que el sistema se sienta menos ágil de lo que debería.
Cambiar el modo de energía a Máximo rendimiento elimina ese cuello de botella. Ve a Ajustes, Sistema, Alimentación y batería, y en el desplegable de Modo de energía selecciona Máximo rendimiento.
En sobremesa no hay ninguna contraindicación. En portátil la recomendación es usar Máximo rendimiento cuando estás conectado a corriente y volver a Equilibrado cuando trabajas con batería, porque el modo de máximo rendimiento consume más energía y genera más calor, lo que reduce la autonomía de forma notable. Si usas el portátil casi siempre enchufado, puedes dejar Máximo rendimiento permanentemente sin problema.
Si quieres ir un paso más allá, Windows tiene un modo llamado Rendimiento óptimo que va por encima del Máximo rendimiento estándar y que no aparece en la interfaz por defecto. Para desbloquearlo, abre el símbolo del sistema como administrador y ejecuta el comando powercfg -duplicatescheme e9a42b02-d5df-448d-aa00-03f14749eb61. Después de eso aparecerá en el desplegable de modos de energía. La diferencia respecto a Máximo rendimiento es marginal en uso cotidiano pero puede notarse en tareas intensivas sostenidas.
Ajuste 3: el disco lleno que nadie vigila
Este es el ajuste menos técnico de los tres y el que más se ignora. Cuando el disco principal de Windows tiene menos del 10 o 15% de espacio libre, el sistema empieza a tener problemas para gestionar la memoria virtual y los archivos temporales, lo que se traduce en lentitud generalizada, tiempos de carga más largos y, en casos extremos, cuelgues o cierres inesperados de aplicaciones.
Windows incluye una herramienta llamada Sensor de almacenamiento que limpia automáticamente archivos temporales y libera espacio de la papelera de reciclaje según criterios configurables. Para activarla, ve a Ajustes, Sistema, Almacenamiento, y activa el interruptor de Sensor de almacenamiento. Dentro de la configuración puedes decidir con qué frecuencia se ejecuta y qué tipos de archivos elimina.
Para una limpieza inmediata más agresiva, el mismo menú de Almacenamiento tiene una sección de Archivos temporales donde puedes seleccionar manualmente qué borrar: caché de Windows Update, archivos de instalación anteriores, miniaturas, archivos de volcado de memoria y otros residuos que el sistema acumula con el tiempo. En un equipo que lleva meses sin una limpieza, esta operación puede liberar entre 5 y 20 GB sin tocar ningún archivo personal.
El objetivo es mantener siempre al menos un 15% del disco principal libre. Por debajo de ese umbral el rendimiento empieza a degradarse. Por debajo del 5% los problemas se vuelven frecuentes e impredecibles.
El orden en que hacerlo
Si aplicas los tres ajustes por primera vez, el orden más eficiente es empezar por la limpieza de disco para asegurarte de que el sistema tiene espacio suficiente para trabajar bien, después revisar y desactivar las apps de inicio innecesarias, y por último cambiar el modo de energía. Después de eso, reinicia una vez para que todos los cambios tomen efecto de forma limpia.
El resultado no va a convertir un equipo de 2018 en uno nuevo, pero sí va a eliminar la capa de ralentización artificial que Windows añade por configuración por defecto y que muchos usuarios llevan años tolerando sin saber que tiene solución en menos de diez minutos.
¿Tenías alguno de estos ajustes configurado correctamente o empezabas desde cero? Cuéntamelo en los comentarios.
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