El 28 de abril de 2025, España perdió el 60% de su generación eléctrica en menos de cinco segundos. Fue el mayor apagón del país desde 1978, dejó sin suministro a millones de personas durante horas en la Península y generó el tipo de caos que solo ocurre cuando una infraestructura crítica falla sin aviso previo. Un año después, conviene revisar qué ha cambiado realmente y qué sigue exactamente igual.
Qué falló, más allá del relato oficial
La versión oficial apuntó a una "oscilación de frecuencia severa" causada por la desconexión simultánea de varios generadores solares en el sur de la Península. Lo que esa descripción técnica no captura bien es que el sistema de gestión de la red, operado por Red Eléctrica, tiene algoritmos de predicción y respuesta automática que teóricamente deberían haber mitigado el impacto antes de que se propagara. No lo hicieron. El software de gestión de red no falló en el sentido de que se cayera: falló en el sentido de que no detectó la cascada a tiempo para actuar.
Ese matiz importa porque la solución no es solo instalar más batería de respaldo o más interconexiones con Francia. El sistema de gestión de una red eléctrica moderna es software, y software que toma decisiones críticas en fracciones de segundo basándose en modelos predictivos. Si el modelo predictivo no estaba calibrado para un escenario de alta penetración renovable con baja inercia del sistema, el fallo era previsible. En el análisis que publicamos justo después del apagón, la física del problema ya apuntaba a esto: demasiada generación intermitente, demasiado poca inercia de red para absorber el golpe.
Lo que ha cambiado en doce meses
Red Eléctrica publicó en enero de 2026 su informe de mejoras derivadas del apagón. Los cambios más concretos incluyen la actualización de los parámetros del sistema de control automático de frecuencia, la incorporación de nuevos nodos de monitorización en tiempo real en las redes de distribución de alta tensión de Andalucía y Extremadura, y el inicio de un programa de pruebas de resiliencia ante escenarios de alta generación solar.
Lo que no ha cambiado es la arquitectura de dependencia. España sigue teniendo una capacidad de interconexión con Europa del 3% de su potencia instalada, muy por debajo del 10% que recomienda la Comisión Europea. Las nuevas líneas de interconexión con Francia a través del Golfo de Vizcaya están en planificación desde antes del apagón y siguen sin fecha de ejecución concreta. Mientras eso no cambie, la red española sigue siendo una isla eléctrica con poca capacidad de pedir socorro a los vecinos cuando algo falla.
La tecnología que estaba lista y la que no
El apagón de 2025 puso en evidencia una brecha entre dos velocidades de adopción tecnológica. La generación renovable, especialmente la solar fotovoltaica, creció a una velocidad que el sistema de gestión de la red no siguió al mismo ritmo. Añadir capacidad de generación es relativamente rápido: instalar paneles, conectar a la red, operar. Actualizar los modelos de control, los protocolos de estabilización de frecuencia y la coordinación entre operadores de red de distribución y transporte es lento, costoso y políticamente poco visible.
Hay un elemento que raramente aparece en este debate pero que va a condicionar la próxima década de la red eléctrica española: la demanda de los centros de datos. La proliferación de infraestructura de IA está disparando el consumo energético de forma sostenida, y España se ha convertido en destino preferido para nuevas instalaciones por su combinación de energía renovable barata y clima. Ese consumo adicional, constante y difícilmente interrumpible, pone presión extra sobre una red que ya demostró el año pasado que tiene límites. La IA está devorando la red eléctrica no es una metáfora: es una tendencia con consecuencias directas sobre la estabilidad de la misma infraestructura que falló el 28A.
El mercado de sistemas de almacenamiento de energía a escala de red, las baterías que funcionan como amortiguador de esas oscilaciones de frecuencia, ha crecido significativamente desde el apagón. Pero la capacidad instalada en España sigue siendo insuficiente para los picos de generación solar que ocurren en días de primavera con alta irradiación y baja demanda.
Un año después, España tiene una red eléctrica marginalmente más resiliente y un sistema de gestión marginalmente mejor calibrado. Lo que sigue sin resolver es el problema de fondo: una infraestructura crítica que se moderniza más despacio que la tecnología que la alimenta y que la consume. El próximo apagón no tiene que ser inevitable, pero tampoco es imposible.
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