Una semana entera entre procesiones, familia, tradiciones y, cómo no, tecnología. Mucha tecnología. No hace falta irse al desierto para descubrir algo sobre uno mismo: basta con pasar siete días en modo turista urbano con el móvil en la mano.
Primera lección: estamos enganchados hasta en silencio
Hubo un momento —procesión de madrugada, calle estrecha, todo a oscuras— en el que alguien delante levantó el móvil y rompió la magia con su pantalla. No era maldad, era costumbre. Porque ya no sabemos vivir algo sin capturarlo. Lo curioso es que, cuando dejé el móvil en el bolsillo, vi más. Escuché más. Sentí más. O sea, lo de siempre, pero sin WiFi.
Segunda: la IA no tiene alma, pero puede darte una buena metáfora
Probé a preguntarle a ChatGPT cómo explicar el sentimiento de una saeta. Me respondió con datos sobre música flamenca y pasión religiosa. Frío, pero interesante. Me di cuenta de que no quiero que una IA entienda la emoción… pero sí me gusta usarla para reordenar lo que pienso. La tecnología no sustituye la experiencia, pero puede ayudarte a entenderla mejor.
Tercera: lo importante sigue sin estar en la nube
Durante estos días vi más caras que pantallas. Más conversaciones que notificaciones. Y aunque revisé el correo (pecado leve), no sentí esa urgencia absurda de estar “conectado”. Al final, lo que más me gustó fue un café con mi hermano, no un vídeo a cámara lenta.
Y tú, ¿te acuerdas de algo que no subiste a Instagram?
La tecnología está para acompañarnos, no para eclipsarlo todo. Esta Semana Santa me recordó que lo digital puede ser útil, pero no imprescindible. Y que a veces, la mejor forma de vivir el presente es desconectar... aunque sea solo un rato.

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