La expansión acelerada de la inteligencia artificial está dejando una estela de inversión, innovación y beneficios bursátiles, pero también una creciente sensación de inseguridad laboral. Directivos, economistas y responsables de grandes compañías coinciden en que la IA ya no es una promesa a futuro, sino un factor que está reconfigurando cómo se crean, se mantienen y se destruyen empleos en todo el mundo.
En un gran foro empresarial celebrado en Nueva York, la conversación se centró menos en si existe una “burbuja de IA” y más en cómo esta tecnología está redefiniendo el trabajo. Mientras unos subrayaban el potencial para complementar al trabajador humano, otros admitían abiertamente que los proyectos de IA se están utilizando para frenar nuevas contrataciones e incluso recortar plantillas.
Una revolución económica que ya mueve el PIB
Los datos que se manejan ayudan a entender el calibre del cambio. En la primera mitad de 2025, el gasto de capital asociado a la IA aportó más crecimiento al PIB mundial que el propio consumo de los hogares, según cifras presentadas en el encuentro. Otra firma de análisis estima que alrededor de un tercio del aumento reciente de la capitalización bursátil global procede de apenas una treintena de compañías centradas en IA desde la irrupción de los asistentes generativos.
Los responsables empresariales describen esta ola como la mayor sacudida tecnológica desde la expansión de Internet hace 25 años. El resultado es un torrente de inversión y un aluvión de proyectos, pero también escasez de chips de memoria, presión regulatoria y ansiedad creciente sobre el empleo.
Empresas que automatizan… y «pisan el freno» en contrataciones
Varios testimonios de directivos ilustran hasta qué punto la IA se está integrando en las decisiones de personal. La responsable de una startup de IA explicaba que, en las últimas semanas, la pregunta recurrente de los clientes al arrancar un proyecto es cuánto podrán reducir la plantilla o contener su crecimiento una vez esté desplegada la solución. La lógica ya no es solo “hacer más”, sino “hacer lo mismo con menos gente o con crecimiento cero de puestos”.
En una gran compañía de software empresarial, su consejero delegado relató que la principal preocupación de los empleados en una asamblea reciente fue el impacto de la IA en sus trabajos. La empresa está desplegando estas herramientas en prácticamente todas las áreas, incluida la asesoría legal interna, un departamento históricamente percibido como relativamente a salvo de la automatización.
Un informe reciente del banco central estadounidense constata que la IA ya está sustituyendo puestos de entrada y empujando a muchas empresas a recortar sus planes de contratación. Una encuesta de opinión llevada a cabo en agosto mostraba que el 71% de los consultados teme que la IA acabe “dejando a demasiada gente sin trabajo de forma permanente”.
Jóvenes titulados y clase media, en la diana
El impacto no se distribuye por igual. Las cifras oficiales de empleo citadas en el análisis muestran que los jóvenes con estudios superiores están sufriendo con especial intensidad: la tasa de paro entre quienes tienen entre 20 y 24 años y un título universitario ronda el 9,5%, más del doble de la media nacional, situada en el 4,4%.
Un responsable de innovación de una gran consultora comparaba la situación con anteriores revoluciones tecnológicas, pero con una diferencia clave: la velocidad del cambio es mayor. En su opinión, la nueva “seguridad laboral” no se basa tanto en un puesto estable como en la capacidad de adaptarse, aprender y moverse dentro de la organización. Su mayor preocupación se centra en los mandos intermedios, un segmento que puede ver cómo muchas de sus tareas quedan entre dos fuegos: automatización por abajo y reestructuración estratégica por arriba.
Desde el ámbito de recursos humanos, responsables de grandes farmacéuticas explican que las empresas han dejado de planificar por separado la estructura de plantilla y la evolución tecnológica. Ahora se analizan de forma conjunta el portafolio de TI y la estrategia de capital humano, agrupando equipos y redefiniendo perfiles para alinear personas y sistemas de IA con los objetivos de negocio.
Entre el optimismo productivo y el miedo a la energía que devora la IA
No todo el diagnóstico es pesimista. Un economista cercano al Tesoro estadounidense defendía que la IA puede ser, sobre todo, una herramienta complementaria al trabajo humano, capaz de elevar la productividad si se acompaña de políticas públicas que incentiven la inversión y la creación de nuevos puestos alrededor de estas tecnologías.
Pero junto al debate laboral aparece otro vector de preocupación: la energía. Una encuesta recogida en el informe revela que el 61% de los participantes está preocupado por el aumento de consumo eléctrico de los centros de datos, un fenómeno que solo puede crecer si la IA sigue expandiéndose. Directivos del sector de redes advertían de que la infraestructura y los chips necesarios para soportar modelos avanzados ya consumen cantidades significativas de energía, y que el tráfico de red asociado a agentes de IA es mucho más intenso y constante que el de simples chatbots.
En varios estados de EE. UU. se ha empezado a notar un rechazo ciudadano a los grandes complejos de centros de datos, especialmente en zonas donde se percibe que contribuyen a subir el recibo de la luz. Ese malestar se da incluso entre sectores que apoyan el desarrollo de la IA, mientras el gobierno federal estudia fórmulas para limitar la capacidad de los estados de imponer regulaciones propias a estas infraestructuras.
Creatividad, cultura y el “factor humano” en riesgo
El análisis también recoge la inquietud del sector cultural. Ejecutivos de medios y entretenimiento alertan de que los modelos generativos pueden substituir parte del trabajo de guionistas, actores o músicos, especialmente en productos de bajo coste donde prime la cantidad sobre la calidad. La cuestión ya no es solo cuántos empleos se pierden, sino qué tipo de creación cultural se verá favorecida si la producción automatizada se abarata hasta el extremo.
Algunas voces del mundo del cine recuerdan, sin embargo, que buena parte del público sigue valorando la experiencia emocional irrepetible del trabajo humano: la improvisación, los matices de una interpretación o la química entre personas reales. Aunque reconocen que muchas fases técnicas de una producción pueden “arreglarse” con IA, sostienen que hay un componente de nervio vivo que los algoritmos todavía no alcanzan.
Al final, la discusión sobre la IA y el empleo no se reduce a un balance contable de puestos destruidos y creados. Lo que está en juego es qué tipo de trabajo queremos preservar, cómo se reparte el beneficio de la productividad extra y qué papel se reserva a la creatividad, la atención humana y la toma de decisiones en un mercado cada vez más automatizado.
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