Coger el coche para hacer lo mismo que harías desde el sofá, y luego te dan un curso de seguridad vial


España, 23 de septiembre de 2026. Fichar en una oficina y hacer, delante de una pantalla, exactamente las mismas tareas que se harían desde el salón de casa, o desde cualquier lugar con una conexión a Internet. Tras sufrir el atasco, la caravana y los riesgos del trayecto para llegar hasta ahí, la empresa te sienta frente al ordenador y te obliga a hacer un curso de seguridad vial. No es una parodia. Es un jueves cualquiera en una empresa tecnológica cualquiera en oficinas españolas en pleno 2026, la era de la hiperconectividad.

Llevamos años hablando, precisamente, de hiperconectividad, de la nube, de herramientas de colaboración instantánea y de sostenibilidad corporativa como si fueran ya una realidad asentada. Herramientas como Teams demuestran que la parte técnica está resuelta desde hace mucho tiempo tiempo: reuniones, proyectos complejos y seguimiento de tareas funcionan igual de bien, a veces mejor, sin que nadie comparta físicamente un edificio, o un mismo espacio común. Lo que no se ha resuelto es la desconfianza que sigue obligando a mucha gente a coger el coche para hacer un trabajo cien por cien digital, cuando en muchas empresas quedó demostrado que era más que sostenible en plena pandemia, que nos sirvio de campo de pruebas forzoso.

El ejemplo del curso de seguridad vial desnuda la incoherencia sin necesitar ningún argumento adicional. Te obligan a exponerte a una hora de tráfico por trayecto, contaminación y riesgo real de accidentes para un desplazamiento que la propia tecnología de la empresa convierte en innecesario, y para colmo invierten tiempo y dinero en enseñarte a sobrevivir a ese mismo desplazamiento completamente evitable. Es vender un coche sin frenos y regalar, como detalle de la casa, un curso de primeros auxilios.

La sostenibilidad de cara a la galería es uno de los discursos corporativos más repetidos de la última década, y uno de los que peor resiste el contraste con las políticas corporativas españolas. El teletrabajo evita emisiones, descongestiona ciudades y devuelve un tiempo personal que, sumado a lo largo de un mes, son días enteros. Ninguna memoria de responsabilidad social corporativa menciona que ese ahorro se sacrifica cada vez que alguien decide, sin ninguna razón operativa detrás, que hay que "generar cultura" ocupando una silla en un edificio, cuando la realidad es que la cultura de la silla del edificio son personas trabajando con sus pantallas y no con los de al lado.

El patrón no es nuevo ni exclusivo del teletrabajo. Las organizaciones arrastran así casi cualquier decisión tecnológica u organizativa: se despliega por inercia, no por análisis, de la misma forma en que los agentes de IA ya operan dentro de las empresas sin que nadie se siente a decidir en serio si deberían hacerlo. El presencialismo obligatorio es la versión analógica del mismo problema: una política que sigue viva porque cambiarla exige más valentía que mantenerla, no porque nadie haya demostrado que funcione mejors, más si cabe que hablamos de modelos de oficina basados en la revolución industrial, y ya ha llovido desde entonces.

La lección de fondo es la misma que ya hemos repetido aquí al hablar de recuperar el control de tu propio entorno digital con self-hosting: la confianza real no se declara en una memoria de sostenibilidad, se demuestra dejando que cada persona decida dónde y cómo hace mejor su trabajo. Mientras eso no ocurra, seguiremos viendo cursos de seguridad vial impartidos después de haber fomentado el propio riesgo que dicen prevenir.

Las organizaciones que de verdad quieren reducir accidentes de tráfico tienen una herramienta sorprendentemente eficaz a su disposición: dejar de obligar a nadie a subirse al coche, transporte público o vehícilo de movilidad personal, para hacer lo que ya hace perfectamente desde su hogar. La seguridad vial más barata y más efectiva es la que no necesita curso.

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